Por Leandro Gillig (*)
En los últimos días, una imagen recorrió el mundo del fútbol y las redes sociales. En la foto aparece Lionel Messi en la Casa Blanca junto al presidente estadounidense Donald Trump. Sobre lo que no sabemos de la foto y cómo nos atraviesa en este contexto y en nuestra historia, nos habla Leandro Gillig en esta nota especial para Río Bravo.
En los últimos días, una imagen recorrió el mundo del fútbol y las redes sociales. En la foto aparece Lionel Messi en la Casa Blanca junto al presidente estadounidense Donald Trump. La escena forma parte de una ceremonia protocolar habitual en la cultura deportiva de Estados Unidos: los equipos campeones son recibidos por el presidente de turno.
La imagen, sin embargo, generó incomodidad en muchos. En un contexto internacional marcado por tensiones políticas y conflictos bélicos en Medio Oriente, la fotografía fue interpretada por algunos como una señal política o, al menos, como una falta de sensibilidad.
A partir de ahí ocurrió algo que entre argentinos parece inevitable: el regreso de una comparación eterna.
Muchos comenzaron a decir lo mismo de siempre. Que si el protagonista de esa escena hubiera sido Diego Maradona, la historia habría sido distinta. Jamás habría aceptado esa foto. Diego representaba otra cosa. Y así, una vez más, Messi fue comparado con Maradona.
El problema es que, antes de discutir si la comparación es justa o injusta, habría que detenerse un momento en una cuestión más básica: qué significa comparar.
La comparación es una herramienta legítima del conocimiento. En la historia, en la sociología, en la filosofía e incluso en el análisis deportivo, comparar sirve para iluminar aspectos de una realidad que, observada en soledad, podrían pasar desapercibidos.
Comparar permite identificar diferencias, similitudes, contextos.
Pero la comparación tiene un límite.
No puede convertirse en el único método para entender algo. Cuando todo se analiza únicamente en relación con otra cosa, el objeto que queremos comprender termina desapareciendo detrás de la sombra de aquello con lo que lo comparamos.
Y eso es exactamente lo que suele pasar cada vez que aparece el nombre de Messi junto al de Maradona.
Messi deja de ser Messi. Se convierte en “el que no es Maradona”. Pero quizás ese sea el punto central que muchos se resisten a aceptar: Messi no es Maradona. Y probablemente nunca quiso serlo.
Las comparaciones entre Messi y Maradona suelen presentarse como si se tratara de dos jugadores que recorrieron caminos paralelos y que simplemente tomaron decisiones distintas frente al poder o frente a la política. Pero en realidad estamos hablando de dos biografías que nacieron en mundos completamente diferentes.
Maradona fue un hijo de la Argentina industrial de los años setenta, de las villas del conurbano, de una época atravesada por dictaduras, luchas sociales, desigualdades brutales y un fútbol que todavía conservaba rasgos profundamente populares. Su carrera se desarrolló en un momento en el que el fútbol aún no estaba completamente capturado por la lógica del mercado global.
Diego no fue solamente un jugador extraordinario. Fue un personaje político en el sentido más amplio del término. Su presencia, su origen social, su relación con el poder y su forma de habitar la fama lo convirtieron en un símbolo cultural.
Maradona discutía con presidentes, se sacaba fotos con líderes latinoamericanos, opinaba sobre conflictos internacionales y convertía su figura en una declaración permanente. Messi, en cambio, pertenece a otra época.
Su carrera se construyó en el corazón del fútbol globalizado del siglo XXI, un ecosistema donde los clubes son empresas multinacionales, las marcas gestionan la imagen de los jugadores y cada gesto público es administrado por equipos de comunicación.
Es un futbolista extraordinario que eligió moverse dentro de los límites de su oficio. Y eso no es necesariamente un defecto. Es, simplemente, otra manera de existir en el mundo del fútbol.
No nos debería sorprender
La polémica alrededor de la foto con Trump tiene, además, algo curioso: el tono de sorpresa. Muchos parecen descubrir recién ahora que Messi juega en Estados Unidos.
Pero Messi decidió ir a Miami en una etapa muy consciente de su carrera. Eligió jugar en el Inter Miami CF, un club nacido en el corazón del negocio futbolístico norteamericano y construido en una ciudad profundamente atravesada por la política del exilio cubano.
No es un secreto.
Messi fue a Estados Unidos por dinero, por calidad de vida, por el desafío de expandir el fútbol en un mercado gigantesco y por la posibilidad de transitar los últimos años de su carrera en un entorno más amable.
Dentro de ese contexto, que el equipo campeón sea recibido por el presidente de turno no debería sorprender a nadie. Es parte del protocolo institucional del deporte estadounidense.
Messi no fue a una tribuna política. Fue a una ceremonia.
La tentación de usar a Maradona
El problema aparece cuando esa escena se interpreta exclusivamente a través de la figura de Maradona. Porque en ese momento Diego deja de ser un recuerdo, una memoria o una inspiración. Se convierte en una herramienta para juzgar a otros. Y eso, en cierto modo, termina reduciendo también la figura de Maradona.
Diego fue muchas cosas: un futbolista irrepetible, un símbolo popular, un personaje lleno de contradicciones, un ídolo que desbordaba los límites del deporte. Pero convertirlo en una vara moral permanente para medir a todos los futbolistas que vinieron después es, en el fondo, una forma de simplificar su historia.
Maradona fue único justamente porque fue irrepetible. Nadie puede vivir la misma vida. Nadie puede tener el mismo origen, las mismas circunstancias, las mismas batallas.
Pretender que otro jugador reproduzca ese recorrido es desconocer cómo funcionan la historia y la cultura.
Extrañar a Diego
La nostalgia también juega su papel en este debate. Desde la muerte de Maradona, cada discusión sobre el fútbol argentino parece atravesada por una sensación de ausencia.
Extrañamos a Diego. Lo extrañamos cuando aparece una injusticia, cuando el fútbol se vuelve demasiado corporativo. Y lo extrañamos cuando sentimos que el deporte se aleja de su raíz popular. En ese contexto, es comprensible que su figura crezca todavía más.
Maradona se agranda con el paso del tiempo. Cada año que pasa parece más inmenso. Pero quizás la mejor manera de honrarlo no sea usar su memoria como un instrumento para juzgar a otros futbolistas. Si no reconocer que Diego pertenecía a una categoría distinta.
Una categoría donde casi nadie entra.
Otra historia
Lionel Messi no es Diego Maradona. Tiene otro origen, otros modales, otra relación con la fama, otra forma de habitar el poder.
Messi pertenece a una generación de futbolistas moldeada por el fútbol-empresa, por la gestión de imagen, por contratos globales y por una industria que aprendió hace tiempo a domesticar cualquier gesto que pueda incomodar al mercado.
Maradona, en cambio, pertenecía a otra especie. Un futbolista que muchas veces desbordaba incluso a quienes intentaban administrarlo. Un jugador que podía equivocarse mil veces, pero que rara vez era neutral.
Por eso la comparación suele ser injusta en más de un sentido. Es injusta con Messi, porque se lo mide con una vara que no le corresponde. Pero también es injusta con Maradona, porque su figura termina reducida a una simple herramienta para discutir la conducta de otros.
Diego fue mucho más que eso. Fue un hijo incómodo de su tiempo. Un futbolista que no encajaba del todo en el molde del espectáculo. Un jugador que, a su manera caótica, recordaba permanentemente que el fútbol no era solamente un negocio sino también un territorio simbólico donde se expresan las tensiones de la sociedad.
Tal vez por eso lo seguimos extrañando.
Porque en un fútbol cada vez más ordenado por el mercado, cada vez más prudente y cada vez más silencioso frente al poder, la figura de Maradona aparece como el recuerdo de una rebeldía posible.
Y ahí está, quizás, el verdadero problema de fondo. No que Messi se haya sacado una foto con Donald Trump. Sino que el fútbol contemporáneo parece haber perdido casi por completo la capacidad de incomodar al poder.
En ese mundo, Messi es un producto perfecto de su tiempo. Maradona, en cambio, era un problema.
Y tal vez por eso, cada vez que el fútbol se vuelve demasiado correcto, demasiado ordenado y demasiado funcional a los intereses que lo rodean, la memoria de Diego vuelve a aparecer.
No para compararlo con nadie. Si no para recordarnos que alguna vez el fútbol también supo ser un lugar donde los ídolos podían decir cosas que el poder prefería no escuchar.
(*) Fuente: riobravo.com.ar

